jueves, 15 de octubre de 2009

ARTICULOS DE ASOCIADOS

Alfabetización infantil: entre la técnica y la pasión
Por Luis Guerrero
Publicado el 9/10/09 en la revista Contacto Foro No. 175

En la soledad de la prisión a la que fue condenada a perpetuidad, Hanna Schmitz, iletrado y controversial personaje de la post guerra alemana, magistralmente interpretado por Kate Winslet, termina de escuchar el último de los casetes que le enviaba regularmente su antiguo amante adolescente. Las numerosas cintas contenían la narración de una larga lista de obras literarias, muchas de las cuales se las había contado al oído durante los furtivos encuentros que sostuvieron en aquel apasionado y lejano verano, despertando en ella una notable fascinación.

Pero el reencuentro inesperado de su voz y de aquellos inolvidables relatos, no sólo le devolvieron un motivo para seguir viviendo, sino que hicieron brotar en ella una vehemente necesidad de alfabetizarse. Sólo así podría decirle aunque sea «gracias» de su puño y letra a través de una carta. Hanna escucha los casetes una y otra vez, para poder relacionar el sonido de la voz amada con cada palabra y cada frase, página a página, de sus entrañables novelas. Hasta que un día, gracias a la perseverancia y al amor, aprendió a escribir.

Esta es una de las escenas más emotivas a mi juicio de «The Reader», una notable película producida el 2008, dirigida por Stephen Daldry y basada en la novela de Bernhard Schlink, pues demuestra cómo y hasta dónde una pasión puede volver a un ser humano capaz de lograr las más insospechadas proezas por sí mismo. Eso es exactamente lo que quiso demostrar Emilia Ferreyro, destacada investigadora de los hasta entonces insondables procesos que viven los niños pequeños en sus intentos de apropiarse de la lengua escrita.

Emilia encontró que la fascinación provocada por el mágico poder de la escritura para atrapar el relato de una experiencia cualquiera, de una vivencia o expectativa personal, de un episodio de la propia vida, tenía mucho más poder sobre las posibilidades de aprendizaje de los niños que el adiestramiento monótono en una técnica de representación gráfica o reproducción sonora de un conjunto de símbolos extraños y palabras preconcebidas, vacías de sentido para ellos. Lamentablemente, a los niños no se les alfabetiza para comunicar nada de sí mismos sino sólo para reproducir textos, ideas y experiencias ajenas.

En la antigua Mesopotamia, 3 000 años antes de Cristo, ya existía la escritura cuneiforme, pero sólo a una pequeña élite se le enseñaba su sistema de símbolos. Unos aprendían a escribir, otros a leer y ninguno de ellos decidía el contenido de lo que escribía o leía. Cinco mil años después, dice Emilia, pese a que el acceso a la cultura escrita ya es un derecho ciudadano, las instituciones escolares alfabetizan a los niños igual que entonces. Es decir, se les induce al aprendizaje de una fría técnica lingüística dirigida a reproducir contenidos ajenos y no al desarrollo de una capacidad de comunicación humana, dirigida a aumentar el entendimiento mutuo en la convivencia diaria y en la vida pública. Luego, el acceso a la cultura escrita se vuelve para ellos una experiencia tediosa, angustiosa y desmotivadora, disociada de la vida, del razonamiento, de sus emociones y de toda necesidad expresiva.

Revertir este pernicioso anacronismo, sin embargo, no es imposible. Inspirada en experiencias similares en Inglaterra y Francia, entre el 2003 y el 2008 más de veinte mil familias colombianas recibieron una bolsa con lecturas especialmente seleccionadas para ser leídas a niños de 0 a 6 años de edad. Esta estupenda iniciativa es de la Fundación para el Fomento de la Lectura (Fundalectura), una organización privada que reúne a empresarios colombianos vinculados a la industria del libro, y que, con el apoyo de diversas instituciones culturales y educativas de ese país, busca que los niños tengan más oportunidades para acceder a textos escritos motivadores desde su nacimiento.

Experiencias como éstas nos debiera enseñar que lograr ciudadanos para quienes leer y producir sus propios escritos se vuelva una necesidad y una pasión, como en el caso de Hanna Schmitz, puede no ser tan difícil si sembramos la semilla de ese deseo en la primera infancia.

La tradición que prevalece en las escuelas privilegia la técnica lingüística, la norma gramatical y la caligrafía, mientras que las pruebas estandarizadas de capacidad lectora privilegian la coherencia lógica del discurso, la hermenéutica del texto y la semántica de palabras y frases. Nadie mide, sin embargo, cuánto agrado y satisfacción somos capaces de despertar en los niños en sus primeras experiencias alfabetizadoras, en su primer contacto con el mundo escrito, con sus primeros textos y sus primeras cartas. Tampoco medimos cuánta necesidad les hemos provocado para adentrarse más en ese mundo ni cuánto de sí mismos van colocando en la escritura que empiezan a producir, desde su propia cabeza y desde su corazón.

Estas cualidades que no medimos, sin embargo, son el espacio donde se juega la posibilidad ya no de aumentar la capacidad lectora de nuestros niños, sino de construir una cultura escrita basada en la creatividad y no en la copia. Una cultura escrita mucho más eficaz en su función de aportar a la convivencia social, a un ejercicio más crítico de la ciudadanía y a un desarrollo basado en el inmenso pero sistemáticamente reprimido potencial innovador de los peruanos.

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