jueves, 7 de enero de 2010

ASOCIADOS

Desconcertados
Por Luis Guerrero - CNR

“Yo los quiero mucho a todos ustedes, como si fueran mis hijos” dijo la profesora a sus pequeños alumnos con voz dulce y afectuosa. “Excepto a los que me desobedezcan”, agregó a continuación con intimidante seriedad. Una expresión como esta, deliberadamente ambigua, quizás le suene familiar, aunque no siempre nos resulte visible el doble mensaje y la intención de la que es portadora: canjear aceptación y aprecio por subordinación. La autoridad abre sus brazos afectuosos a todos los que acatan sus decisiones sin protestar y advierte que apretará sus dientes contra quienes se le opongan. Los niños que se sometan serán acogidos, los que no, rechazados. Ahora bien, la protagonista de esta historia no es una mujer malvada. Ella está genuinamente convencida de que fue puesta allí para mandar y no ve nada de malo en dejarlo claro desde el primer día de clases.

Que un maestro sienta que ejercer su autoridad en el aula consiste en dar órdenes y que el papel de sus alumnos es obedecer, no llama la atención. Es congruente con la entraña autoritaria de las instituciones escolares, que jamás fueron concebidas como organizaciones democráticas. Pero también con la conspicua tradición autoritaria del Estado peruano, que ha crecido a lo largo de toda la historia republicana bajo la sombra de instituciones constitucionalmente jerárquicas y verticales como la Iglesia y el Ejército. Como las escuelas son instituciones conservadoras, tienden a ser más leales a sus tradiciones que a las disposiciones democratizadoras de la ley y hasta del propio currículo, que conceden mucho valor a la concertación y el acuerdo.

Lo que sí llama la atención, por la intencional confusión que produce, son las falsas señales de acogida y apertura que se lanzan junto a las advertencias e invocaciones al sometimiento voluntario. Así, las personas quedan notificadas no sólo de quién manda aquí, sino de los enormes beneficios que reporta la obediencia, tanto como de los perjuicios de atreverse a ver las cosas de una manera distinta a como espera la autoridad. Al que piensa diferente no se le escucha, se le censura y rechaza. Disentir, entonces, está penalizado.

Estas situaciones que se viven frecuentemente en las aulas, también se observan en el espacio público. Recordemos que el diálogo y la concertación alrededor de las decisiones sobre política educativa empezaron a convertirse en un principio valioso durante el Gobierno de Transición del ex Presidente Paniagua el 2001, luego de 10 años de gobierno autocrático en el Perú. Durante esta gestión gubernamental, sin embargo, han pasado a convertirse nuevamente en malas palabras. La recurrida frase “fuimos elegidos para gobernar” esgrimida por las autoridades cada vez que se les reclama apertura a opiniones distintas, es una elegante manera de decirnos que la concertación es una aberración y que las decisiones las toman ellos.

Naturalmente, se declara que en una democracia todas las opiniones son respetables y deben tomarse en cuenta, pero se dice al mismo tiempo que todos los que critican las decisiones de la autoridad son una especie de perros rabiosos, enfermos de mezquindad, pesimismo y espíritu saboteador. Es decir, tienes derecho a pensar distinto, pero si lo haces serás expulsado del paraíso. Este doble discurso, que sólo busca disimular un ejercicio autoritario del poder democrático, es el que nos tiene literalmente “desconcertados”. Hasta pronto.

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