viernes, 2 de julio de 2010

TRIBUNA ABIERTA

El legado pluralista de la Universidad Católica
Por Salomón Lerner Febres (*)
Publicado en La República
No es frecuente en nuestro medio que el destino de una universidad sea objeto de inquietud pública. Ha llegado a serlo, en el caso de la Universidad Católica, por su indudable relevancia en la vida pública del país. Tal importancia reposa no solamente en su contribución intelectual sino también en su compromiso con el desarrollo nacional y, como lo evidenció en los últimos años, con la defensa de la democracia.

Precisamente en razón de esa trascendencia, sería deplorable que la controversia actual se redujera a su aspecto patrimonial, aunque ello sea el contenido del contencioso judicial que hoy opone a la Universidad Católica con el Arzobispado de Lima. Lo que está en juego involucra un tema más amplio y decisivo: el futuro de una institución que es modelo de excelencia académica y, sobre todo, paradigma de pluralismo, de convivencia creativa de diferencias que se reencuentran siempre en el respeto y la tolerancia mutuos. Ese pluralismo ajeno a dogmas y a arrebatos autoritarios, y dispuesto a la solidaridad, es el mejor don que la Universidad Católica hace al país, y es preciso defenderlo.

Probablemente, cada persona que ha pasado por nuestra Universidad tiene una historia que contar sobre esa experiencia de diversidad. En mi caso personal, encuentro una preciosa continuidad entre mi historia familiar y la historia que después he vivido como estudiante, profesor y rector de esa universidad. Soy hijo de un padre judío y de una madre cristiana y católica. Mi padre fue un fiel practicante de su religión e inclusive un referente de la comunidad judía en Arequipa. Ello no le impidió, sin embargo, instaurar en el seno de su familia el principio de libertad y de tolerancia que, a la larga, nos llevó a mis hermanos y a mí a tomar opciones religiosas distintas. Mi hermano mayor optó por el judaísmo. Mi hermana, recientemente fallecida, abrazó el catolicismo con una pasión tal que la condujo a incorporarse a la Legión de María. También yo, educado en el colegio de los hermanos de La Salle, hallé en el cristianismo y el catolicismo mi camino espiritual sin dejar de reconocer por ello el valor del judaísmo. Así lo sentí desde muy temprano, y esa convicción se ha fortalecido con el paso de los años, en la vivencia intelectual y familiar, en la forma de un cristianismo entendido como el seguir el modelo de vida de Jesús y de sus enseñanzas de humildad, tolerancia, solidaridad con los pobres y los débiles y amor a la verdad. Ese cristianismo es todo lo contrario de la búsqueda de poder y del culto del autoritarismo, ídolos falsos que empequeñecen nuestras existencias.

Llegar a la Universidad Católica a muy temprana edad fue, para mí, descubrir que esa vivencia familiar de pluralidad y reconocimiento mutuo podía ser también la esencia de una comunidad intelectual. Desde que ingresé a la Universidad, hace ya 50 años, y a lo largo del tiempo, mientras asumía la docencia o ejercía el rectorado, no he dejado de experimentar como su bien más valioso esa atmósfera de libertad convertida en norma de convivencia entre personas dedicadas al cultivo del saber sin prejuicios, sin sentirse atadas por dogmas ni reducir el conocimiento a un medio para el beneficio económico. Esa libertad y ese espíritu creativo los he visto reflejados en todos los ámbitos de la vida universitaria: reina en las aulas y en los planes de estudio, lo mismo que colorea la vida cotidiana más allá de los salones de clase: en los jardines y comedores donde los jóvenes aprenden el arte de la discusión respetuosa, y, desde luego, en las actividades culturales que ellos organizan y que imprimen al claustro una vitalidad siempre renovada.

Existe una estrecha conexión entre este cultivo del pluralismo y la reconocida excelencia de los profesionales que la Universidad Católica forma desde hace casi un siglo. La formación profesional que ella brinda se plantea siempre como un emprendimiento intelectual y como una opción ética. Ello permite que nuestros profesionales sean, además de expertos en sus especialidades, personas con un definido compromiso cívico. Y aunque se multiplique varias veces aquello que materialmente realiza de manera generosa, aun así es muchísimo más lo que ella ha dado que lo que ha recibido. Por ello, la contribución de la Universidad Católica a la vida nacional no podría ser medida según las pautas de un patrimonio más o menos acrecido por medio de inversiones. La contribución que la Universidad hace, y el empleo que ella ha sabido dar a la dotación recibida hace casi setenta años, es inmensurable, pues se manifiestan en la tarea de sus egresados en múltiples campos del saber.

Hay quienes pretenden sostener que por el hecho de no imponer una formación estrictamente confesional, nuestra Universidad es infiel a su origen y su esencia cristiana y católica. Tal punto de vista revela una equivocada concepción de nuestra fe, una deformación del cristianismo que lo quiere entender como voluntad de poder y de regimentación de las existencias humanas, y no como lo que señala el modelo de vida de Jesús: una exaltación de la humanidad como abocada a una salvación centrada en el amor, la solidaridad, la humildad, la preocupación por los débiles y la defensa a ultranza de nuestra dignidad humana.

El compromiso de la Universidad Católica con el desarrollo del país y su determinación a alzar la voz en contra del autoritarismo y de la corrupción y en defensa de los derechos humanos es y seguirá siendo una forma inequívoca de expresar esa identidad cristiana. Esa expresión se alzó ya cuando otros que tenían la obligación de pronunciarse a favor de los desvalidos, prefirieron callar e incluso ponerse del lado de la fuerza, la arbitrariedad, el abuso y la corrupción.

La fuerza moral de la Universidad Católica proviene de esa vocación cristiana y del encuentro entre ella y su apertura a la modernidad, a la renovación. Sólo se renueva quien sabe examinarse a sí mismo. Y solamente practica el autoexamen quien está despierto a la existencia de los otros, quien los ve como prójimos que nos imponen responsabilidades.

La fe, la esperanza y la caridad, esas virtudes que hermanan a los católicos, nos abren siempre las puertas al diálogo y al respeto escrupuloso de la justicia. Es por esas puertas que se puede llegar al reconocimiento de nuestra autonomía responsable y de los frutos que rinde desde hace décadas la tarea formativa que realiza desde hace décadas la Universidad Católica en observancia de los valores evangélicos que la definen.


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